Aeropuertos, pasillos y lobbies dejaron de ser solamente lugares de paso y ahora son señales de que la oficina no volverá a ser lo de antes.
Texto: Andrei Vásquez
Una persona responde correos desde la sala de espera de un aeropuerto. A unos metros, alguien tiene una junta por videollamada. En el lobby de un hotel, dos personas revisan una presentación mientras esperan un café. En otra parte de la ciudad, alguien lleva tres horas trabajando desde una mesa que en cualquier momento tendrá que abandonar porque llegó la hora de la comida. Ninguno está exactamente donde “debería” estar. Tampoco parece importarle demasiado.
¿Cuándo dejamos de usar los espacios para aquello para lo que fueron construidos? La respuesta más obvia sería 2020. El trabajo remoto nos enseñó que muchas tareas podían realizarse fuera de la oficina y desde entonces seguimos experimentando con los límites. Gallup registra que, entre los estadounidenses con empleos que pueden realizarse de manera remota, 52% trabaja actualmente bajo un esquema híbrido; 26% lo hace completamente a distancia y solo 22% permanece siempre en el lugar de trabajo. Más interesante todavía: la distribución se mantiene relativamente estable desde 2022. La emergencia terminó pero el hábito se quedó. La oficina se desparramó por la ciudad.

Vivir en el umbral
“Liminal” viene del latín limen: umbral. El concepto fue utilizado por el antropólogo Arnold van Gennep para describir la etapa intermedia de los ritos de paso y después desarrollado por su colega Victor Turner. La liminalidad no era originalmente una arquitectura de pasillos vacíos. Era la condición de encontrarse entre dos estados: ya saliste de uno, pero todavía no entras completamente al siguiente.
Décadas después, el antropólogo Marc Augé propuso otro término que describe mejor muchos de los espacios que hoy llamamos liminales: los “no lugares”. Aeropuertos, paradas de autopistas, habitaciones de hotel, áreas de comida y supermercados son espacios de tránsito donde permanecemos relativamente anónimos y que, en principio, no construyen la identidad que asociamos con un lugar propio.
Internet terminó mezclando ambos conceptos y produjo algo nuevo. Un pasillo vacío, una alberca sin gente, un centro comercial cerrado o una oficina iluminada con fluorescentes pueden provocarnos una familiaridad inquietante: reconocemos el lugar, pero algo parece fuera de sitio. De ahí nacieron fenómenos como The Backrooms, aquella imagen viral de habitaciones amarillentas e interminables que apareció en 2019 y terminó construyendo toda una mitología digital. La idea creció hasta convertirse en videos, videojuegos y, en 2026, una película de A24 dirigida por Kane Parsons. Pero mientras internet imaginaba qué monstruos podían esconderse en esos espacios, nosotros empezamos a utilizarlos para terminar Excel.
¿Liminal, no lugar o tercer lugar? Se han convertido en inspiración para la estética laboral. Espacio liminal: un umbral entre un estado y otro. No lugar: tránsito y anonimato. Tercer lugar: sitios distintos de casa y trabajo.



La oficina es donde abres la computadora
Llevamos años trabajando fuera de la oficina. Una investigación sobre las nuevas geografías del trabajo remoto encontró que los trabajadores estadounidenses estudiados realizaban aproximadamente una tercera parte de sus horas remotas fuera de casa, en cafeterías, coworkings o casas de amigos y familiares.
Hay algo que la sala propia no siempre puede ofrecer: la sensación de estar acompañado sin tener necesariamente que hablar con nadie. Ray Oldenburg llamó third places a esos espacios que no son casa ni trabajo y donde ocurre buena parte de la vida comunitaria. El café es el ejemplo clásico. Lo curioso es que el trabajo híbrido empezó a colonizar ese tercer lugar. Abrimos una computadora y, durante dos horas, una cafetería deja de ser únicamente cafetería.
Incluso el ruido puede jugar a favor. Un conocido estudio publicado en el Journal of Consumer Research comparó distintos niveles de sonido ambiental y encontró que un nivel moderado, alrededor de 70 decibeles, favorecía el desempeño en tareas creativas frente a ambientes de 50 decibeles; al subir a 85, el efecto desaparecía. La explicación de los investigadores apuntaba a que una pequeña dificultad para procesar el entorno puede favorecer un pensamiento más abstracto.
En otras palabras, quizá ese murmullo de platos, conversaciones y máquinas de expreso que aparentemente debería distraerte, también puede ayudar a que tu cabeza cambie de marcha.
La oficina salió de la oficina 52% de los estadounidenses con empleos compatibles con trabajo remoto trabaja de manera híbrida. 26% trabaja completamente a distancia. 22% permanece siempre en el lugar de trabajo.



Severance y la oficina de ninguna parte
Hay una razón por la que los pasillos de la serie de Apple, Severance, resultan tan perturbadores. La oficina de Lumon tiene algo conocido y, al mismo tiempo, imposible de ubicar. Alfombra, fluorescentes, puertas, computadoras y cubículos: todo pertenece al vocabulario tradicional del trabajo, pero está organizado como si sus empleados nunca terminaran de llegar a ningún sitio.
La serie llevó al extremo una sensación que ya conocíamos. La oficina puede convertirse en un lugar separado del resto de la vida. La realidad parece estar caminando en sentido contrario. En vez de separar físicamente trabajo y vida, empezamos a superponerlos. Un lobby puede ser sala de juntas durante una hora y volver a ser lobby cuando cerramos la computadora. Una cafetería puede ser oficina por la mañana y primera cita por la tarde. Una terminal de autobús puede convertirse en el lugar donde terminamos la presentación que mostraremos al aterrizar.
Gensler encuestó en 2025 a más de 16,800 trabajadores de oficina en 15 países y encontró que la posibilidad de elegir sigue siendo crucial. Quienes tienen un alto grado de decisión sobre dónde y cómo trabajar son 2.5 veces más propensos a considerar que su espacio favorece tanto la productividad individual como la colectiva.
Señales de que un lugar de paso se convirtió en oficina
- Hay una computadora abierta junto al café.
- Los enchufes empiezan a determinar dónde se sienta la gente.
- El lobby tiene mesas donde antes había sillones.
- La llamada que debía durar diez minutos lleva cuarenta.
- Alguien pidió otra bebida porque todavía le faltan tres diapositivas.



Ningún lugar y todos al mismo tiempo
Durante décadas construimos las ciudades suponiendo que cada actividad tenía una dirección. Se trabajaba en la oficina. Se dormía en casa. Se esperaba en el aeropuerto. Se leía en la biblioteca. Se bebía café en la cafetería.
Ya no es así y eso no necesariamente es una buena noticia. Que podamos trabajar desde cualquier parte también puede significar que el trabajo nos encuentre en todas partes. Convertir una sala de espera en oficina es libertad cuando nosotros tomamos la decisión; deja de serlo cuando sentimos que cada minuto disponible debería convertirse en productividad.
Tal vez por eso los espacios liminales nos resultan tan familiares en este momento. No solo porque internet nos enseñó a mirar con extrañeza una habitación vacía. También porque nuestra propia relación con el trabajo está atravesando un umbral. Ya sabemos que la oficina de nuestros padres no volverá exactamente como era. Todavía no sabemos cómo trabajaremos dentro de veinte años. Mientras averiguamos qué viene después, hacemos algo profundamente humano: ocupamos el espacio intermedio.






