Anatomía de la incomodidad

Tres personajes orbitan la misma oficina entre el control, la observación y el poder mal ejercido. Aquí sus actores revelan lo incómodo y demasiado familiar del trabajo cotidiano.

Ironía y entorno

Hay espacios donde el tiempo se repite. La oficina es uno de ellos. Un ecosistema donde el absurdo se instala; donde las jerarquías se sostienen más por inercia que por lógica, y donde el humor aparece, casi siempre, como mecanismo de supervivencia. La nueva versión de La Oficina no intenta domesticar ese caos: lo observa, lo deja crecer y, en el proceso, encuentra un tono propio que se mueve entre la incomodidad, la identificación y una forma muy específica de ironía cotidiana.

En ese territorio conviven personajes que no necesitan exagerar para resultar memorables. Fabrizio Santini lo plantea desde un lugar poco evidente: “mi personaje opera desde el control… la comedia del personaje viene de silencios, pausas, miradas, cosas muy puntuales”. No hay estridencia ni búsqueda de protagonismo, más bien una tensión contenida que se filtra en pequeños gestos. Ese control, sin embargo, no es absoluto. “Es muy consciente de su ridículo, por eso no incurre mucho en él… aunque para temas que lo rebasan, Sofi pierde el control”, dice, dejando ver que incluso la lucidez tiene grietas.

Esa construcción se aleja de la caricatura y se acerca a algo más reconocible. Santini insiste en que su prioridad fue otra: “que se sintiera real, auténtico, crudo… que el público se identifique con él y tenga la sensación de que lo conocen”. En esa búsqueda aparece también una clave importante: el contexto. “Si el personaje tiene una identidad y un entorno cultural tan pesado y fuerte como lo es ser mexicano y crecer en México, ya es un diferenciador muy grande”. No se trata de trasladar fórmulas, sino de dejar que el entorno modifique las reglas del juego.

Resistencia y disonancia

Dentro de ese mismo espacio, el personaje de Elena del Río ocupa otro eje: el de la observación. Sofi no compite por el centro, lo bordea. “Observa y resiste… participa únicamente para sobrevivir”, explica, marcando una distancia que no es pasiva, sino estratégica. Desde ahí, su relación con la oficina se construye más por acumulación que por intervención directa. “Al estar aislada ella puede observar todo sin alterar, a menos que ella quiera alterar”.

Esa posición convierte a Sofi en una especie de intermediaria entre la ficción y el espectador. “Juega el papel del público… solo necesita ver a la cámara para tener esa complicidad”, dice Del Río. No es casual que gran parte de su lenguaje no pase por las palabras: “podría decir que casi un 80% de Sofi son miradas”. En una serie donde los silencios pesan tanto como los diálogos, su personaje funciona como un termómetro emocional del entorno.

Pero esa lucidez no implica necesariamente acción. Sofi entiende perfectamente el absurdo que la rodea —“100% consciente”— y, sin embargo, permanece dentro del sistema. “No se cuestiona”, reconoce la actriz. Hay una lógica práctica detrás: “lo haría si tuviera otro lugar seguro al que ir a trabajar”. La resistencia, entonces, no es heroica ni transformadora; es cotidiana, casi invisible, marcada por los límites reales del entorno laboral.

En el otro extremo aparece Fernando Bonilla con un personaje que encarna otra forma de disonancia: la del poder mal ejercido. Jero no percibe el caos que genera; al contrario, cree estar resolviendo problemas. “El punto de partida siempre fue la lógica interna del personaje: él nunca cree que está siendo ridículo… está resolviendo problemas reales con herramientas profundamente equivocadas”. Esa convicción es lo que produce la incomodidad.

Bonilla evita subrayar el absurdo. “En lugar de decir ‘esto es absurdo’, pensaba: ‘esto es urgente’”. La clave está en la seriedad con la que el personaje se toma a sí mismo. De ahí también el ritmo: “la incomodidad no es constante; necesita respiración… hay momentos donde el personaje cree que ya arregló todo y justo ahí es donde se hunde más”. La comedia no se acelera, se sostiene.

El origen de esa inconsciencia tiene una raíz emocional clara: “la necesidad de sentirse valorado”. Jero no es solo torpe, es alguien que intenta afirmarse en un entorno que le queda grande. “Toma decisiones no para que las cosas funcionen, sino para confirmar su propia narrativa”. En ese sentido, el personaje no rompe la estructura de la oficina: la desgasta mientras intenta sostenerla. “Él cree que la sostiene. Pero en realidad la erosiona desde dentro”.

Reflejos del sistema

La serie encuentra en ese tipo de dinámicas su punto más incómodo. No hay villanos evidentes ni héroes claros; hay figuras que responden a impulsos reconocibles. “He estado en juntas donde nadie sabe exactamente qué está pasando, pero todos opinan con una seguridad brutal”, dice Bonilla. La exageración es mínima; lo que incomoda es la cercanía.

Esa cercanía también define la relación con el poder. “No siempre recae en quien es más capaz”, apunta. Jero ocupa su lugar por herencia, no por mérito, y eso determina cada interacción: “a quién interrumpe, a quién valida, a quién ignora”. Son gestos pequeños que construyen una estructura completa. Lo perturbador es que no resultan ajenos.

En conjunto, La Oficina se mueve lejos de la simple adaptación. Bonilla lo resume con claridad: “más que mexicanizar la serie, utilizamos las directrices del formato para crear una serie nueva y propia”. Hay algo en el manejo del conflicto, en la relación con la autoridad, incluso en el uso del humor, que responde a un contexto específico. “Somos muy buenos para evadir el problema con humor… hasta que el problema explota”.

Ahí es donde los tres personajes se cruzan: en esa tensión entre evasión y confrontación. El control de Santini, la observación de Del Río y la torpeza convencida de Bonilla forman un triángulo que no busca resolver el caos, sino habitarlo. Cada uno, a su manera, revela algo sobre cómo sobrevivimos en espacios donde pasamos la mayor parte del día.

Santini lo dice sin rodeos: “es inevitable que uno empiece a depositar anclas emocionales en la chamba… el subconsciente empieza a generar vínculos emocionales con las personas que tienes alrededor”. La oficina deja de ser solo un lugar de trabajo y se convierte en un territorio afectivo, a veces incómodo, a veces necesario.

En esa ambigüedad está la fuerza de la serie. No en el chiste inmediato, sino en lo que permanece después: una mirada, un silencio, una decisión absurda que, en el fondo, no parece tan lejana.

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