El Topolino es un cuadriciclo de 2.5 metros que se ríe del tráfico pesado y recupera el espíritu del 500 original sin pedir perdón por su tamaño.
Texto: Pablo Quintos

Herencia eléctrica
El metal se siente sólido al cerrar la puerta, un “clack” seco que sorprende en algo tan pequeño. No hay pretensiones aquí. Fiat sabe perfectamente lo que hace porque ya lo hizo en 1936. En ese entonces, el primer Topolino —el 500 original— puso a Italia sobre ruedas cuando nadie tenía un centavo. Era un coche para el pueblo, pequeño, con ojos de rana y un motor de bolsillo. Hoy, esa misma obsesión por ocupar el mínimo espacio posible regresa, pero sin el olor a gasolina y con un voltaje que zumba bajo el asiento.
La gran novedad que cae hoy, es el color Corallo. No es un rojo italiano de carreras, tampoco un tono pastel aburrido. Es un tono cálido, como de terraza en la costa al atardecer, que brilla distinto cuando le pega el sol de frente en una calle estrecha. Se suma al Verde Vita que ya conocíamos. Ahora hay dos bandos, y el Corallo es, sin duda, el que más grita personalidad.
Al subirte, notas que los asientos están movidos. No están alineados. Es un truco de ingeniería para que los hombros de dos adultos no choquen constantemente. Es físico, es real. Miras al frente y ahí está la segunda gran mejora: la pantalla. Olvida los números pequeños de antes. Ahora tienes un panel digital que se estira hasta las 5.7 pulgadas, con un marco que completa un área de visualización de 8.3 pulgadas. Los gráficos no intentan ser futuristas ni complejos. Son claros. La velocidad, la carga, lo que importa. Se lee bien incluso cuando el sol entra directo por el techo, porque este coche es, en esencia, una pecera con ruedas.






Ingenio urbano
La ficha técnica dice que mide 2.53 metros. Eso es menos que el ancho de muchos carriles de autopista. En la práctica, significa que puedes tirar el coche en cualquier hueco donde un SUV ni siquiera soñaría con asomar el morro. El radio de giro es casi ridículo; das la vuelta en un suspiro. Lleva una batería de 5.4 kWh. No busques cifras de tres dígitos porque no las hay ni las necesita. Te da 75 kilómetros de autonomía real para moverte por el centro, entrar en las Zonas de Bajas Emisiones sin que nadie te ponga una multa y llegar a casa para enchufarlo a una toma de corriente normal, como si fuera un móvil o una lámpara de noche.
Llegar a los 45 km/h de velocidad máxima se siente más rápido de lo que suena cuando vas tan cerca del suelo. El torque eléctrico es instantáneo. Sales de los semáforos con un tirón que deja atrás a los coches de combustión que todavía están pensando en meter primera. Es una herramienta de precisión para el caos urbano. Fiat ha logrado que el 20% de los cuadriciclos que se venden en Europa sean Topolinos, y no es por estadística, es porque nadie más ofrece este nivel de estilo por 39€ al mes.
Es un objeto que se toca y se vive. Las superficies son lavables, los huecos para dejar objetos son profundos y la visibilidad es total. No hay pilares C estorbando la vista hacia atrás. Es ingeniería de esa que prefiere solucionar el problema del aparcamiento antes que presumir de caballos de fuerza que nunca vas a usar en un embotellamiento.
El Topolino es el descendiente directo de esa Italia de posguerra que necesitaba moverse con ingenio, solo que ahora lo hace en silencio y con un cuadro digital que finalmente está a la altura del resto del conjunto.






