Alex de la Madrid se aleja de lo “agradable” y se instala en personajes donde la fractura revela más que la simpatía.
Fotografía: Eddy Espinoza
Stylist: Santiago Araico
Maquillaje y peinado: Geraldine Hercos
RP: Punto Entertainment
Coordinación editorial: Aarón Zavaleta
Diseño editorial y producción: Juan Pablo Garcia

Sin poses
A Alex de la Madrid ya no le interesa caer bien. O, al menos, no como antes. Hay algo en su manera de hablar de los personajes —una pausa breve, como si eligiera no suavizar nada— que deja ver hacia dónde se ha movido su trabajo en los últimos años. Más adentro. Más incómodo. Menos complaciente.
El punto de quiebre no llegó como un gesto dramático, sino como una claridad casi incómoda: “Cuando entendí que lo ‘agradable’ a veces se queda en la superficie. Lo obscuro te obliga a rascar más hondo, a incomodarte, y ahí es donde realmente pasan cosas, donde te cuestionas tú también”. Desde ahí, el mapa cambia. Ya no se trata de personajes que funcionen, sino de personajes que duelan un poco al habitarlos.
En los márgenes —ahí donde los personajes se contradicen, donde no terminan de resolverse— encuentra algo más cercano a lo humano. “Contradicción. Humanidad real. Los personajes ‘correctos’ suelen estar más resueltos; los incómodos están rotos, y eso es mucho más interesante de habitar, de abrir otras conversaciones”. No hay interés en pulirlos, en hacerlos digeribles. Al contrario: que incomoden, que descoloquen, que no se dejen consumir rápido.
Provocar, entonces, se vuelve una especie de brújula. “Me interesa provocar. Si todos te quieren, probablemente no estás arriesgando mucho… darle versatilidad al público y no aburrirse de repetir los mismos estándares de personajes”. En esa tensión —entre lo que se espera y lo que se rompe— aparece su terreno de juego.
Cuando el personaje además carga con peso histórico, la aproximación se vuelve todavía más delicada. Al interpretar a una figura como Luis Echeverría, la tentación del juicio está ahí, inmediata. Pero De la Madrid toma otra ruta, más compleja, menos cómoda: “Desde entender al hombre antes que al personaje histórico. No justificarlo, pero sí tratar de ver cómo pensaba, qué lo movía. Entender el contexto de la manera de pensar del momento político”. Primero comprender. Después, si hace falta, tomar distancia.
Ese gesto —postergar el juicio— atraviesa todo su proceso. Porque juzgar, dice, bloquea. “Si no lo entiendes, lo juzgas, y desde el juicio no se puede construir nada verdadero”. Hay algo casi físico en esa búsqueda: el cuerpo entra antes que la cabeza, o al menos no se queda atrás. “Después del proceso de entrenamiento dejas de pensar en ello. Cuando el cuerpo ya no ejecuta, actúa. La técnica de la mano del instinto”. Como si el personaje terminara filtrándose por los gestos mínimos, por la postura, por lo que no se piensa.



Mi reflejo
Y ahí, en lo físico, aparece otra clave: la incomodidad. No como recurso, sino como condición. “Mucho. El cuerpo guarda cosas que la cabeza no alcanza. Si el cuerpo no está incómodo, muchas veces el personaje tampoco”. La idea es sencilla, pero no ligera: hay verdades que solo aparecen cuando algo deja de estar en su lugar.
Habitar villanos —o figuras moralmente cuestionables— no es, entonces, una exploración hacia afuera. Es un espejo torcido. “Sí, y es fuerte. Porque te das cuenta de que ciertas lógicas no están tan lejos de todos”. La distancia se acorta más de lo que uno quisiera. Y en ese reconocimiento hay algo incómodo, incluso para él: “Que no soy tan distinto como me gustaría pensar. Todos tenemos zonas que no nos encanta ver”.
No todo vale. Hay líneas. No muchas, pero claras. “Sí. Hay cosas que tienen que ver con mi integridad y mi paz. El trabajo no puede estar por encima de eso”. Lo dice sin dramatismo, como quien ya lo pensó antes.
En una industria que suele encasillar con facilidad, el movimiento tampoco es casual. No basta con esperar a que cambien las oportunidades. “Un poco de las dos. Pero si tú no empujas ese cambio, la industria no lo hace por ti… tienes que tener más herramientas, más entrenamiento y mucha disposición de salir de tu zona segura”. Empujar, entonces. Aunque incomode. Las etiquetas, si aparecen, primero se rompen. Luego —solo si sirven— se usan. “Primero romperlas. Luego, si sirven, jugar con ellas”. No hay apego ahí, solo estrategia.
Cuando mira hacia atrás, no encuentra una llegada. Apenas un rastro. “Veo evolución, pero sobre todo una búsqueda que nunca termina”. Y quizá ahí está todo: en esa insistencia de no cerrar del todo, de no resolver demasiado pronto.



Alzar la voz
En personajes como Hernando Cruz, donde el poder se ejerce desde una calma que inquieta más que cualquier estallido, esa búsqueda se vuelve visible. No es la ambición lo que lo define, sino la narrativa que construye para sostenerla: “Su forma de justificarse. La ambición es evidente, pero lo que lo hace peligroso es cómo se explica a sí mismo lo que hace”. La violencia, entonces, no siempre grita. A veces habla bajo.
Un gesto mínimo termina por delinearlo todo. “La calma. No es un hombre que explota fácil. Esa tranquilidad fría es lo que más lo define”. Y, sin embargo, hay fisuras: “Pierde cuando se pone impulsivo”. Como si el control —esa necesidad de que nada se salga de lugar— fuera también su punto más frágil.
Porque al final, en medio de historias donde todos persiguen algo, la motivación se vuelve casi elemental. “Control. Sentir que nada se le sale de las manos. Y cuando alguien vive desde ahí, siempre termina perdiendo algo más importante”.
Y ahí, otra vez, la incomodidad. No como destino. Como método. Como una forma de mirar —y de mirarse— sin suavizar demasiado.



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