Los sets, los personajes incómodos y una vida lejos del caos mediático, Juan Martín Jáuregui habla sobre el hábito actoral como una búsqueda constante: escuchar, arriesgarse y no repetirse jamás.
Fotografía: Jorge Ramiréz-Posada
Stylist: Santiago Araico
Asistente de Stylist: Nely López
Maquillaje y Cabello: Pedro Aguirre
RP: EmiRec
Coordinación editorial: Aarón Zavaleta
Diseño editorial y producción: Juan Pablo Garcia

Disciplina en permanencia
Existen los actores que persiguen la exposición inmediata y otros que entienden la carrera como una construcción más lenta, menos estridente, hecha de decisiones que solo cobran sentido con el paso de los años. Juan Martín Jáuregui parece pertenecer a ese segundo grupo. Habla pausado, sin frases grandilocuentes ni necesidad de vender una versión exagerada de sí mismo. Lo suyo gira alrededor del oficio. Del trabajo. De esa especie de disciplina silenciosa que rara vez se nota desde afuera, pero que sostiene a quienes logran permanecer.
Para él, la actuación no puede reducirse a la búsqueda de visibilidad. “Siempre he hablado de la importancia de la formación”, dice, aunque enseguida matiza la idea: estudiar no basta si no existe un espacio real para poner a prueba lo aprendido. El actor entiende el cuerpo y la voz como un instrumento que se modifica constantemente. Algo que se afina con el tiempo, con los errores, con el desgaste incluso. “Creo que el instrumento se va puliendo con el tiempo, y en el mejor de los casos, pues nunca deja de evolucionar”.
En esa lógica, la permanencia importa más que el impacto inmediato. Jáuregui no habla de éxito como una colección de proyectos virales o personajes explosivos, sino como la posibilidad de mirar hacia atrás sin sentir que se traicionó a sí mismo. “No busco el shock por el shock mismo, sino la permanencia”, explica. Y quizá ahí aparece una de las ideas que atraviesan toda su visión del trabajo: la necesidad de no repetirse. La comodidad, para él, tiene algo peligroso. Un actor que permanece demasiado tiempo en la misma zona termina perdiendo curiosidad.






Creación compartida
Por eso le interesan los personajes que exigen moverse hacia lugares desconocidos. No necesariamente los más extravagantes, sino aquellos que contienen grietas, contradicciones y zonas difíciles de descifrar. “Un personaje sin contradicciones se vuelve plano y aburrido”, dice. Habla de buscar “zonas de luz y oscuridad”, de escuchar al otro actor, de mantenerse presente en escena para que el personaje conserve algo vivo y no se convierta en una construcción mecánica.
En un momento donde buena parte de la conversación sobre actuación suele girar alrededor de métodos extremos o transformaciones físicas espectaculares, Jáuregui se inclina por una mirada más sencilla y más concreta. Cree en el trabajo colectivo. En dejar de blindarse. En permitir que el director o los compañeros modifiquen el rumbo de una escena. “Hay veces que los actores nos blindamos técnicamente para protegernos de algo que no nos gusta o algo en lo que no confiamos”, reconoce. Pero también afirma que trabajar realmente en equipo puede llevar un proyecto mucho más lejos de lo que uno imaginaba.
Esa relación con el otro es, justamente, lo que más disfruta del trabajo en set. Más allá de la promoción, las entrevistas o el resultado final en pantalla, lo que parece entusiasmarle sigue siendo el instante de creación compartida. “Estar creando con el otro y poder sorprenderte del trabajo realizado no tiene precio”, comenta. Hay algo casi artesanal en la forma en que describe el proceso. Menos preocupado por la maquinaria de la industria y más atento a lo que ocurre dentro de la escena.



Oficio sin artificio
Aunque ha trabajado en distintos formatos, no cree demasiado en las jerarquías entre cine, televisión o streaming. La esencia, asegura, sigue siendo la misma. Lo que cambia es la técnica, el ritmo, ciertas herramientas narrativas. “Cada formato tiene su complejidad y su oficio”. La frase resume bastante bien su postura general: evitar simplificaciones. Entender que todo trabajo exige rigor.
Fuera de cámaras, la distancia con el ruido mediático parece completamente deliberada. Jáuregui se describe como alguien de pocas palabras, alguien que disfruta estar en casa con su esposa, abrir una botella de vino y desaparecer un poco del movimiento constante de la industria. No hay demasiada construcción pública alrededor de su vida personal. Más bien una necesidad evidente de conservar espacios intactos.
Sin embargo, incluso en esa calma doméstica aparece el vértigo del oficio. El primer día de rodaje. El vacío antes de enfrentar un personaje nuevo. La pregunta inevitable sobre qué viene después. “Esta es una carrera vertiginosa y a veces el vértigo se puede volver adictivo”, admite. No lo dice desde el drama ni desde la ansiedad romántica del actor atormentado, sino como quien reconoce que vivir entre proyectos termina alterando la manera de habitar el tiempo.
A diferencia de otros intérpretes, tampoco cree demasiado en esa idea de “quedarse atrapado” en los personajes. Para él, el personaje termina cuando termina el proyecto. Lo que permanece es el cansancio físico o emocional que puede dejar un proceso intenso, pero no una especie de posesión permanente. La diferencia quizá está en la forma de aproximarse al trabajo: construir desde la observación y la técnica, no desde la destrucción personal.
Actualmente, Juan Martín Jáuregui se encuentra grabando la tercera y cuarta temporada de The DOC para Netflix, mientras mantiene pendiente otro deseo importante: regresar al teatro. Ahí comenzó buena parte de su carrera y ahí sigue encontrando algo esencial. Un espacio donde el actor no puede esconderse detrás de cortes, ediciones o artificios. Solo presencia, escucha y riesgo.



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