Fátima Molina: la forma de elegirse

Entre la intuición y la memoria, la actriz, Fátima Molina, se mueve con una certeza que no es rígida. Se construye mientras avanza, se cuestiona mientras interpreta, se reconoce, a ratos, en lo que decide soltar.

Fotografía: Eddy Espinoza
Stylist: Santiago Araico
Maquillaje y peinado: Geraldine Hercos
RP: Punto Entertainment
Coordinación editorial: Aarón Zavaleta
Diseño editorial y producción: Juan Pablo Garcia

Los cambios e inicios

Hay algo en Fátima Molina que no busca fijarse. Una especie de desplazamiento constante, como si cada respuesta fuera apenas un punto de paso y no un destino. Habla de sí misma sin la urgencia de definirse por completo. Tal vez porque sabe que esa construcción nunca termina.

Recuerda el inicio en el teatro como una grieta luminosa. Un momento donde empezó a desprenderse. “Creo que un momento clave para mí fue en mis inicios de actuación, haciendo teatro. Recuerdo cómo empecé a despojarme de todo lo que no era verdaderamente yo”. No lo plantea como una revelación abrupta, más bien como un proceso que sigue en curso, como si todavía hubiera capas por quitar.

La idea de identidad, en su voz, no es una línea recta. Es una acumulación de experiencias que se reordenan con el tiempo. “Pienso que uno siempre es el resultado de lo que le ha tocado vivir y muchas veces podemos decidir qué hacer con eso y cómo dirigirnos en el camino”. Hay una conciencia clara de las circunstancias, pero también una insistencia en la elección. Una tensión que no se resuelve, que permanece. Aun así, se nombra desde la gratitud. “Me siento una mujer muy afortunada de poder hacer muchas elecciones valiosas e importantes en mi vida”.

En una industria que durante años ha sostenido moldes precisos, Fátima no habla de ruptura como gesto heroico. Lo suyo parece más íntimo, más cotidiano. “Intento recordarme todo el tiempo que amo ser actriz. Mi satisfacción verdadera está ahí.” No hay declaración frontal contra el sistema, sino una especie de fidelidad interna. Un regreso constante a lo que le importa. “Me gusta saberme diferente. Lo demás es cuestión de perspectivas. Como la vida misma”.

Sentirme libre y plena

Creció, dice, sin demasiadas referencias donde mirarse. Apenas algunas. Pocas, pero suficientes para entender el peso de la representación. “Me gusta saber que hoy también puedo ser la referencia para alguien”. Lo dice sin grandilocuencia, como quien reconoce una responsabilidad que no eligió del todo, pero que abraza. Y entonces enumera lo que implica. Construir identidad, generar pertenencia, romper estereotipos. No como teoría, sino como experiencia vivida.

Cuando habla de la imagen, no hay ornamento. “Sentirme bien. Estar sana. Saberme libre. Y saber que tengo libertad para elegir”. Ahí aparece de nuevo la palabra que atraviesa todo. Elección. Como si verse bien fuera menos un reflejo y más una consecuencia.

Pero el camino no es limpio. Está el rechazo, repetido, casi estructural. El casting como un espacio donde la incertidumbre se vuelve rutina. “Por más que sepamos que es normal, es inevitable sentir”. No romantiza la herida. La reconoce. Y luego, sin dramatizar. “Hay que soltar y continuar”. Como una práctica. Como disciplina emocional.

Ha transitado por cine, series, televisión. Distintos ritmos, distintos lenguajes. Y sin embargo, no establece jerarquías. “Me siento una actriz privilegiada de poderte decir que en cada uno de esos universos he podido sentir muchas satisfacciones”. Lo que aparece no es el formato, sino la experiencia. El cuerpo en escena, respondiendo a lo que ocurre.

Esa búsqueda de verdad, palabra peligrosa en un medio que a veces se queda en la superficie, no se plantea como una conquista, sino como un ejercicio constante. “Hay que hacer trabajo recurrente. Recordarme por qué inicié en esto. Como lo soñaba desde que era una niña”. La raíz funciona como ancla y también como impulso. Desde ahí, dice, puede explorar la infinidad de posibilidades que ofrece la actuación.

Hoy, los personajes que le interesan parecen moverse en los márgenes. Historias que no siempre han tenido espacio. “Tal vez personajes muy poco representados o invisibilizados en nuestro mundo. También personajes que tengan choque de realidad y fantasía.” Antes la urgencia era otra. Actuar, sin importar qué. Ahora hay una curaduría más consciente. Una escucha distinta.

Cuando se le pregunta por la fuerza, no responde con una imagen única. La descompone. La multiplica. “Una mujer fuerte puede ser una mujer resiliente, o una mujer que vive y sobrevive a este mundo donde sigue existiendo la brecha de géneros. Una mujer fuerte puede ser una mujer que saque adelante a su familia. Una mujer fuerte puede ser una mujer que se sabe libre y tiene poder de elección”. La fuerza no es una pose. Es una suma de posibilidades, muchas veces invisibles.

La esperanza…

En sus decisiones también aparece una inclinación por las historias que buscan justicia, incluso cuando esa justicia no es del todo clara. “Porque definitivamente quiero creer en ellas.” Hay una voluntad de sostener la esperanza, de usar la ficción como un espacio donde lo posible todavía se ensaya.

Personajes como Antonia Lazo dejan rastros. Energías que no se quedan del todo en el set. “Yo espero ser valiente igual de rápido que ella”. Lo dice con una ligereza que no cancela el deseo.

Y luego está Julia Pastrana. El cuerpo intervenido, el calor, las horas bajo prostéticos. Una transformación que rebasa lo físico. “La verdad es que por Julia ha valido toda la pena”. La frase se sostiene en algo más profundo. La necesidad de devolverle humanidad a una figura históricamente reducida. “Ella merece que se le reconozca como una persona y como una de las primeras artistas mexicanas internacionales”.

Si mira hacia atrás, hacia sus personajes recientes, no encuentra una narrativa única sobre sí misma. Más bien lo contrario. “Creo que mis últimos personajes no tienen mucho que ver con mi historia personal.” Lo que hay es exploración. Un territorio que se expande mientras se habita. “Muchas veces uno se siente sorprendido por llegar a lugares que tal vez no imaginó, pero la magia de estar en un set, con tus compañeros en escena, tu vestuario, maquillaje, director y todo un equipo te pueden detonar escenarios maravillosos”.

Fátima Molina no parece interesada en fijar una versión definitiva de sí misma. Prefiere moverse. Probar. Equivocarse. Volver. En ese tránsito, algo se va decantando. Una manera de estar en el mundo que no necesita certezas absolutas. Solo la intuición suficiente para seguir eligiendo.

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