Forma, fondo y carácter

Desde León, Perugia afina su lenguaje: diseño propio, construcción sólida y una lectura clara de la mujer contemporánea.

Oficio en movimiento

Hay marcas que construyen imagen. Otras, producto. Perugia trabaja en ese punto donde ambas cosas se sostienen sin estorbarse. Y eso, en calzado, no es común.

Fundada hace más de 30 años, la marca comenzó con una escala mínima, producción casi artesanal y distribución local, antes de desplazarse al Bajío y asentarse en León, Guanajuato, donde el oficio zapatero se hereda.

Ese origen sigue presente pues la marca produce en piel, con una lógica industrial que no cancela el detalle: dos colecciones al año, decenas de modelos, un ritmo constante que responde tanto a tendencia como a capacidad técnica.

Lo interesante es cómo ese conocimiento se traduce en diseño. Perugia no juega a la espectacularidad. Su terreno está en la silueta funcional: tacones, plataformas, flats, sneakers que parten de una base reconocible pero incorporan variaciones suficientes para no caer en lo genérico. Desde sus primeras líneas hasta sus desarrollos más recientes, hay una intención clara de vestir el movimiento cotidiano, no la pasarela.

Diseño en estructura

En ese sentido, la marca ha sabido moverse entre dos registros: el comercial y el autoral. Por un lado, un portafolio amplio que responde a distintas ocasiones de uso; por otro, ejercicios más puntuales como colaboraciones con figuras como Camila Sodi que funcionan como laboratorio creativo dentro de una industria que rara vez arriesga desde lo local.

El crecimiento tampoco ha sido improvisado. Perugia ha desarrollado un modelo híbrido entre tiendas propias y franquicias, con presencia en distintas ciudades del país y una expansión constante en puntos de venta. A nivel productivo, su escala es significativa: más de un millón de pares al año, exportación a mercados como Estados Unidos y América Latina, y una infraestructura que respalda esa operación.

Pero más allá de cifras, lo que define a Perugia hoy es una intención de ajuste. No de reinvención total, sino de edición. La marca ha ido depurando su lenguaje para alinearse con una mujer que ya no construye su estilo desde la validación externa, sino desde la funcionalidad y la coherencia. El zapato deja de ser un acento decorativo y se convierte en una extensión del ritmo diario.

Ahí es donde entra su valor real, entender que el diseño no necesita imponerse para existir. Que la estética puede ser silenciosa sin perder carácter. Y que, en un mercado saturado de ruido visual, construir desde la estructura sigue siendo una de las decisiones más contemporáneas.

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