Michael Ronda : el arte de seguir jugando

Michael Ronda empezó a trabajar a los nueve años y creció más rápido que muchos de sus amigos. Hoy, después de éxitos, incertidumbres y nuevas etapas personales, sigue persiguiendo la misma sensación: la emoción de contar una buena historia.

Fotógrafo: Alex Cordova
Stylist: Ray Aguilera
Beauty: Pedro Aguirre & Monse Reséndiz
RP: Yanko Bridiesca para EmiRec
Director de arte: Juan Pablo Garcia
Entrevista: Aarón Zavaleta

Creciendo entre reflectores

Hay personas que recuerdan su infancia a través de vacaciones, fiestas o tardes interminables con amigos. Michael Ronda también guarda esos recuerdos, pero junto a ellos aparece otra imagen: la de un llamado de producción interrumpiendo cualquier plan. Creció entre foros, cámaras y guiones. Mientras otros niños tenían como principal responsabilidad llegar a la escuela con la tarea terminada, él debía presentarse al trabajo con escenas memorizadas, propuestas para su personaje y jornadas que comenzaban cuando muchos de sus amigos seguían de vacaciones.

Una de esas escenas permanece especialmente viva en su memoria. Tenía alrededor de quince años y estaba en Acapulco con sus amigos. Habían encendido una fogata frente al mar y la noche transcurría entre risas e historias. Entonces sonó el teléfono. “Me dijeron: ‘Mike, te tienes que regresar a la Ciudad de México, mañana a las siete de la mañana tienes llamado’. Para mí nunca fue un condicional; nunca me pregunté si lo haría o no, porque en el cine no existe eso. Hay llamado y tienes que ir, llueva, truene o relampaguee”.

Recogió sus cosas, se despidió a mitad de la reunión y volvió a la ciudad para filmar. Sus amigos permanecieron toda la semana en la playa. Él llegó directo al set. No lo cuenta con nostalgia ni con arrepentimiento. Al contrario. Está convencido de que esos pequeños sacrificios moldearon buena parte de su carácter. “Me encantó que mi infancia haya sido así. Siento que esas escenas hicieron de mí el hombre que soy hoy: una persona responsable, amable y consciente”.

Esa relación con el trabajo ha cambiado con los años, pero no la brújula que lo guía. Si durante mucho tiempo la industria parecía una carrera donde había que aceptar cada oportunidad que apareciera, hoy sus decisiones pasan por otro filtro. La emoción ocupa el primer lugar.

“Me he dado cuenta de que el dinero, la fama y lo que se le llama éxito son cosas completamente secundarias. A mí lo que me hace feliz es contar historias que me emocionen. ¿Me emociona contar esa historia? La voy a contar. ¿No me emociona? Aunque me ofrezcan las perlas de la vida, no la voy a hacer”.

La frase no suena a declaración idealista. Habla desde la experiencia de alguien que lleva más de dos décadas trabajando frente a una cámara y que ha aprendido que una carrera también se construye rechazando proyectos. De hecho, asegura que en los últimos años ha dicho más veces que no que sí. “Me gusta pensar que las carreras se construyen con más noes que con más síes. Trato de ser fiel a mí y a mis valores”.

Hay proyectos que acompañan a una persona durante toda la vida y para Ronda uno de ellos es Soy Luna. El fenómeno marcó a toda una generación y también definió una etapa fundamental de su carrera. Habla de la serie con gratitud, como quien recuerda un lugar donde aprendió casi todo.

“Fue mi universidad, mi doctorado, todo al mismo tiempo. Es un proyecto que me dio muchísimo y por el que siempre voy a estar agradecido”.

Sin embargo, cuando terminó aquella etapa llegó una sensación que muchos artistas conocen bien: el vacío. La incertidumbre de preguntarse qué ocurre después. Mirando hacia atrás, identifica ese periodo como uno de los más difíciles de su vida profesional, pero también como uno de los más importantes.

“Una de las cosas que más aprendí es que me tengo a mí. Mi imaginación y mi poder como artista nadie me los puede quitar. Es el activo más valioso que tengo porque es mío. Cuando las cosas se ponen difíciles me miro, me escucho y confío en mí”.

La nueva brújula

La confianza aparece una y otra vez a lo largo de la conversación. No como arrogancia ni como una seguridad inquebrantable, sino como una herramienta construida con el tiempo. Habla de los momentos en que llegan reconocimientos o premios, pero aclara que no son esos gestos los que definen su valor. “Yo mismo me premio constantemente. Sé cuándo estuve bien y cuándo pude hacerlo mejor”.

Quizá por eso sigue emocionándose con cada oportunidad. Podría suponerse que después de tantos años las llamadas anunciando un nuevo proyecto se vuelven rutina. Ocurre exactamente lo contrario. Hace unas semanas recibió la invitación para participar en una película que comenzará a filmar próximamente y terminó llorando de emoción.

“Cada vez me emociona más. Sé lo difícil que está la industria y he vivido todas las facetas. Cuando recibí esa llamada estaba con Karena y empecé a llorar. Qué emocionante que te den una oportunidad para contar una historia nueva”.

La actuación, explica, sigue teniendo el mismo poder que cuando era niño porque detrás de cada personaje existe algo más grande. Una posibilidad de conectar con otros. Una manera de transformar la realidad. “Nosotros como artistas tenemos una misión muy importante: ayudar a que este mundo sea un lugar mejor y más bonito. El arte sí educa”.

Esa visión también se refleja en su vida personal. Cuando habla de Karena Flores, el discurso sobre el amor se parece más a una conversación sobre compañerismo que sobre romanticismo. Recuerda que la conexión surgió casi de inmediato, a partir de algo que considera esencial: una sensibilidad compartida hacia el arte.

“A las dos o tres palabras que compartimos me preguntó si me gustaba el arte. Le dije que me fascinaba y ella me respondió que también amaba las películas, la música, bailar y ver pinturas. Ahí pensé: bingo, llegaste”.

Desde entonces han construido una relación atravesada por los desafíos propios de una profesión impredecible. Rodajes, viajes, proyectos que se cancelan a última hora y planes que cambian de un día para otro. Lejos de separarlos, esas experiencias terminaron fortaleciéndolos. “Las micro batallas que vivimos como artistas nos han unido más. Somos más equipo, más pares. Los dos entendemos perfectamente lo que implica esta carrera”.

Hoy, comprometido y entrando a una nueva etapa de su vida, Ronda tiene una definición del éxito bastante distinta a la que suele circular en la industria del entretenimiento. No la mide en cantidad de proyectos ni en cifras de taquilla. Prefiere pensarla como un equilibrio entre distintas áreas de la vida.

“El éxito es estar bien con tu familia, con tu pareja, contigo mismo. Tener amigos a los que quieres, un hogar al cual regresar y hacer algo que te apasiona. Conozco gente multimillonaria que es absolutamente fracasada. El éxito es mucho más grande que eso”.

Después de más de veinte años frente a las cámaras, Michael Ronda sigue entrando a los sets con la misma curiosidad que tenía de niño. Quizá porque, en el fondo, todavía entiende su oficio de la misma manera: como un juego que vale la pena seguir jugando.

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