El actor, Marcelo Cordova, reflexiona sobre el tiempo, la madurez y la paciencia necesaria para construir personajes que se sientan vivos.
Fotografía: Joch Lucio
Maquillaje y Peinado: Naim Vázquez
Stylist: Manuel Delgado
Coordinador Editorial: Aaron Zavaleta
Diseño Editorial y producción: Juan Pablo García

La fuerza de la contención
Marcelo Córdoba habla con la serenidad de alguien que ha aprendido a no apresurar los procesos. Dice que durante años creyó que actuar era mostrar intensidad, ocupar espacio, hacerse notar. Con el tiempo entendió que lo más poderoso suele ocurrir cuando se contiene.
Recuerda sus primeros proyectos como una etapa de descubrimiento acelerado. Quería probarlo todo, moverse rápido, demostrar que podía con cualquier reto. Hoy, en cambio, prefiere detenerse. Leer los guiones varias veces. Dejar que las escenas reposen. “A veces el personaje necesita silencio para aparecer”, explica.
Para Marcelo, la construcción empieza siempre por la escucha. Escuchar a sus compañeros, al director, al ambiente. Incluso escuchar lo que no se dice en una escena. Le interesa esa tensión invisible que se genera entre dos personajes cuando callan. Ahí encuentra capas que no están escritas, pero que pueden sentirse.
Habla del cuerpo como una herramienta que se afina con los años. Ya no fuerza gestos ni exagera movimientos. Confía en la economía: un cambio mínimo en la postura puede contar más que un monólogo. “Menos es más” dejó de ser una frase y se volvió práctica cotidiana.
Cuenta que el set es un espacio de concentración casi meditativa. Llega temprano, camina el lugar, toca los objetos del escenario. Necesita familiarizarse con el entorno para que, al grabar, nada le resulte ajeno. Esa relación física con el espacio le permite moverse con naturalidad cuando las cámaras están encendidas.



Maestría del tiempo
Marcelo disfruta especialmente los proyectos que le exigen paciencia emocional. Esos donde la transformación del personaje ocurre de forma lenta, casi imperceptible. Cree que el público percibe cuando algo ha sido construido con tiempo y cuidado.
Habla también del cansancio, de las jornadas largas, de la exigencia física que a veces implica el oficio. Pero nunca lo menciona como queja, sino como parte del proceso. “El cuerpo también aprende a resistir”, comenta.
Para él, actuar es una forma de empatía radical. Ponerse en la piel de alguien más obliga a entender motivaciones que, en la vida real, quizá juzgaría con rapidez. Ese ejercicio constante de comprensión lo ha vuelto, dice, más paciente fuera del set.
Al final, Marcelo define su trayectoria como una suma de aprendizajes discretos. Cada proyecto le ha dejado una lección distinta sobre el tiempo, la contención y la importancia de escuchar antes de actuar. Porque, para él, el verdadero trabajo no está en hacerse ver, sino en lograr que el personaje respire con naturalidad frente a los demás.
Esa relación con el tiempo también se extiende fuera del set. Marcelo entrena todos los días desde hace décadas. “Al principio”, admite, “había algo de disciplina impuesta; con los años se volvió simplemente parte del día”. No lo entiende como una exigencia estética sino como una forma de mantenerse disponible: el cuerpo preparado para responder sin interferencias. Dice que la constancia termina eliminando el esfuerzo visible; lo que antes requería voluntad después ocurre solo.



Oficio del presente
Esa lógica aparece también en su forma de trabajar. Evita los excesos, no por sacrificio sino por economía. Prefiere hábitos sostenidos a impulsos intensos. La preparación no consiste en tensarse, sino en llegar afinado. Cuando eso sucede, el trabajo fluye sin fricción.
En los romances que interpreta no busca una emoción distinta según la edad del personaje. Prefiere pensar que el vínculo siempre se aborda desde el mismo lugar: entender qué necesita el otro y qué obtiene a cambio. En algunos proyectos el amor se vuelve negociación, una dinámica menos idealizada donde el afecto y el interés conviven. Ahí encuentra matices que le resultan más cercanos a la experiencia real.
Nunca se consideró especialmente atractivo. Dice que esa percepción apareció tarde, cuando ya llevaba años trabajando. Para entonces la prioridad estaba puesta en otra parte: que la atención se dirigiera a la interpretación y no al aspecto. “Mantenerse en forma”, explica, “responde más a una herramienta de trabajo que a una imagen. La disciplina física sostiene la concentración, no la sustituye”.
A pesar de la experiencia, cada guión conserva un grado de incertidumbre. No habla de nerviosismo, sino de expectativa: descubrir qué lo diferencia del anterior. Incluso dentro de tipos de personaje similares busca pequeños desplazamientos. Una variación de intención, un cambio de ritmo. Dice que la rutina existe en los horarios, nunca en los personajes.
Suele pasar mucho tiempo solo. No lo vincula al oficio sino al carácter. Ese espacio le permite ordenar ideas, pero procura equilibrarlo con encuentros y conversaciones. Cree que el trabajo se sostiene mejor cuando no ocupa todo el territorio personal.
Con los años también cambió su manera de entender los vínculos. Ya no le interesan tanto las impresiones inmediatas como la afinidad prolongada: la conversación, el humor compartido, la calma. La atracción aparece después, no antes. Prefiere relaciones donde el interés se construye gradualmente.
Acepta el rechazo como parte estructural de la profesión. Dice que la carrera del actor se compone mayoritariamente de negativas y que aprender a convivir con ellas es condición básica para permanecer. Los proyectos que sí ocurren adquieren valor precisamente por esa proporción.
No piensa en legado. Le basta con que el trabajo funcione en su momento y deje una impresión honesta. Considera la televisión un oficio ligado al presente más que a la permanencia. Si algo queda, prefiere que sea la sensación de naturalidad.



Equilibrio en escena
Fuera del trabajo, el cine y el teatro ocupan su atención con la misma constancia que el entrenamiento. Le interesa observar cómo otros resuelven problemas similares desde lenguajes distintos. También reserva tiempo para encuentros con amigos de años; dice que esas conversaciones son las que devuelven perspectiva después de jornadas intensas.
“Hay momentos”, reconoce, “en que la exigencia acumula tensión”. Entonces recurre a ese círculo cercano. No como escape, sino como reajuste. La concentración prolongada necesita pausas para mantenerse precisa.
Sobre Julieta habla en términos de contraste. Dice que su libertad le resulta ajena y, por eso mismo, estimulante. Mientras él tiende al control, en ella observa una espontaneidad que desplaza la energía de la escena hacia lugares inesperados. “Esa diferencia”, comenta, “genera equilibrio: uno contiene, el otro expande”.
En lo inmediato prepara un nuevo proyecto en formato breve, un trabajo distinto al ritmo habitual de producción. Lo asume con la misma lógica que ha sostenido durante años: escuchar primero, intervenir después y dejar que el personaje aparezca sin forzarlo.
Para Marcelo, actuar sigue siendo eso: reducir lo innecesario hasta que algo verdadero queda visible.



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