La actriz regresa al teatro con ¡Qué desastre de función!, una comedia que expone, con precisión milimétrica y humor físico, todo aquello que el público nunca debería ver, pero que sostiene la magia del escenario

El arte del caos
Ximena Romo vuelve a las tablas con ¡Qué desastre de función!, una comedia que desnuda el detrás de escena del oficio actoral y convierte el error en motor narrativo. La obra, ambientada en los años setenta, sigue a una compañía teatral durante el montaje de una pieza británica que, función tras función, parece ir irremediablemente cuesta abajo.
“La obra se divide en tres etapas”, explica Romo. “Primero vemos un ensayo general previo al estreno, donde nada ocurre como el director quisiera: los actores olvidan el texto, hay puertas que no cierran, gente que desaparece”. En el segundo acto, el espectador se asoma al backstage durante una función ya avanzada en temporada, donde los conflictos personales se entrelazan con el intento desesperado de mantener la obra en pie. “Y en la última parte vemos la función desde el frente, pero cuando todo ha avanzado a tal nivel que lo que sucede ya no es lo que el público esperaría”.
Romo interpreta a Mina (Guillermina), la asistente de dirección. Un personaje aparentemente secundario que, en realidad, sostiene el frágil equilibrio del caos. “Es una chica muy dulce, sensible, tierna, sin el carácter para aplacar a estos monstruos actorales ni al director, pero que hace todo lo posible para que la función salga lo mejor que se pueda”



Relojería del error
La actriz reconoce que, aunque la obra exagera situaciones, el espíritu es completamente real. “El teatro está vivo, ocurre en el presente y todo puede pasar. Todo lo que se ve en la obra es exacerbado, pero son cosas que nos pasan”. Incluso, como comenta uno de sus compañeros de elenco, todos han sido alguna vez ese actor inseguro, el del ego inflado o el que olvida sus líneas. “Ya en la función puede pasar de todo: que no suba el telón, que no abra la puerta, que se caigan las cosas”.
La comedia, en este caso, no es improvisación libre. Todo lo contrario. “Esta obra requiere una precisión muy fuerte, porque están ocurriendo muchas cosas al mismo tiempo. Es una comedia muy física y todo tiene que funcionar como relojito”. El reto, dice, es lograr que cada función se sienta viva. “Que se sienta fresca, espontánea, como si fuera la primera vez, porque la energía del público siempre influye”.
Para Romo, el texto de Michael Frayn critica el caos teatral, pero más allá de eso es una obra que genera empatía. “Me enternece mucho. El público va esperando que todo sea perfecto, pero aquí ve que no siempre sucede, porque somos humanos, nos equivocamos, tenemos defectos”.



La magia de lo humano
Esa humanidad es, para ella, la razón por la que el teatro sigue existiendo. “El teatro nunca va a morir porque seguimos buscando ese toque humano. Cuando una obra logra cambiar la energía del espacio y la temperatura de todos, ocurren momentos mágicos que valen la pena”.
A punto de cumplir 20 años de carrera, Romo se encuentra en un lugar de mayor calma. “Ya no estoy presionada a que llegue siempre ese personaje maravilloso. Ahora estoy más abierta a descubrir qué toca en este momento y por qué me llegó”. Tras regresar al cine independiente y reencontrarse con el escenario, la actriz atraviesa una etapa de disfrute. “Estoy abierta y por eso también ahora estar haciendo una obra de teatro, una comedia, estoy emocionada, me divierte”.






