Raíz que camina

Tejidos a mano en Sahuayo, pensados para todos los días. Cayucas no reinventa el huarache, lo lleva a donde antes no entraba.

Texto por Valeria Aparicio

Hay una imagen con la que conviene empezar, porque contiene casi todo lo demás. Una oficina en Los Ángeles, hace algunos años. Código de vestimenta formal. Maritza Cárdenas lo cumple de la cintura para arriba y lo reta de la cintura para abajo: lleva huaraches de colores, todos los días, debajo de la ropa de trabajo. Es la única mexicana de la empresa. Y no los usa por comodidad ni por descuido, sino por algo más parecido a una declaración. “Yo iba orgullosa”, cuenta.

Para mí era algo muy mío, que me representa mucho, algo que ellos no tenían”.

Sus compañeras empezaron a preguntarle de dónde eran. Le decían que habían visto unos parecidos en sus vacaciones en Puerto Vallarta. Hasta que una le soltó la frase que tardaría años en convertirse en realidad: pero, ¿por qué están tan bonitos? Deberías venderlos. Ahí, sin saberlo todavía, ya estaba Cayucas: un objeto que viene de un lugar muy específico, puesto en un contexto que no es el suyo, y que precisamente por eso, llama la atención. La marca que Maritza construiría después no inventó nada de eso. Solo le puso nombre a una costumbre que ella ya tenía, la de llevar su origen a todos lados.

Una oficina en Los Ángeles

Maritza creció en Los Ángeles, en una familia originaria de Sahuayo, Michoacán. Cuenta que regresaba dos veces al año y que su abuelo tenía un taller de sombreros al fondo de la casa, uno de esos que en Sahuayo son parte del paisaje doméstico, donde el oficio y la vida familiar ocupan el mismo patio.

Conviene entender el lugar, en Sahuayo más de la mitad de la población trabaja en esta industria. Si en cualquier mercado de México preguntas de dónde vienen los huaraches que se venden, lo más probable es que te respondan que de ahí. “Cuando vas al pueblo —digo, ya es ciudad, porque hay McDonald’s— ves a las señoras tejiendo y los talleres al fondo de las casas”.

Pero, esto es lo interesante, Maritza no adoptó el huarache de niña. Hubo un paréntesis y no fue casual. Su mamá murió cuando ella tenía catorce años, y durante la adolescencia la moda dejó de importarle: lo único que ocupaba su cabeza, dice, era sobrevivir. El reencuentro llegó ya en sus veintes, cuando, en sus palabras, volvió a saber quién era. Una tía le regaló un par de huaraches hechos por un artesano que había ganado un concurso de artesanías en Michoacán, y prendió de golpe. Volver al huarache fue, de algún modo, volver a sí misma.

Mientras viví en Los Ángeles yo no tenía calcetines, porque lo único que usaba eran mis huaraches”.

Cada vez que volvía a Sahuayo se traía más pares. Los usó en la playa, en citas, en la oficina. El clima de California ayudaba, pero el gesto era otro: era una manera de no soltar Sahuayo mientras vivía en otra parte. Cuando después se mudó a Nueva York y llegó el frío, ese gesto se volvió un problema práctico, “con los pies helados”, y, sin querer, una pregunta de diseño: ¿cómo se lleva un huarache a una vida que ya no siempre se presta para él?

De Los Ángeles a Sahuayo

Antes de vender un solo par, Maritza tenía clarísimo el modelo que no quería seguir. Había visto marcas fundadas por extranjeros que producían en Sahuayo, a veces con los mismos artesanos, y vendían afuera. Los artesanos se lo contaban: son foráneos, no entienden cómo se trabaja y a veces llegan a exigir.

No quería ser alguien que solamente toma de mi pueblo, se enriquece y vende”.

Así que hizo algo poco habitual para quien quiere lanzar una marca: se fue a Sahuayo a escuchar. Se metió a las casas y a los talleres con dos preguntas, qué les gusta de esta industria y qué no, y se quedó con las respuestas.

Lo que salió no era solo un asunto de salarios. Era la falta de algo más de fondo. “Mi meta grande es que un chavo que esté en la prepa diga: oye, aquí hay una carrera. Como diseñador, como cualquier cosa. Una carrera real, porque no existe”. Y de ahí sale su frase más filosa, la que resume su postura entera sobre un tema que en México está a flor de piel:

Veo que otras marcas se enfocan mucho en el ‘pobrecitos artesanos’ y a mí me choca. Porque digo: ¿qué pobrecitos?”.

No es indiferencia, es lo contrario. Lo que le molesta es el tono de rescate, esa manera de hablar de quien produce como si necesitara ser salvado. Incluso tiene pensada una campaña donde las personas del taller muestren su día, no como beneficiarios de nada, sino como lo que son, artesanos.

Antes del éxito

El primer intento se llamó Morenita Mía. La idea era empezar por el taller, montar uno propio, resolver ahí los problemas que había detectado, crecer desde ese punto. La pregunta obvia la frenó: ¿con qué dinero? Se quedó atorada. El nombre le gustaba pero no se sentía marca —no era Vans, no era Toms— y los modelos eran tradicionales, muy amarillos, muy del huarache de siempre. Gustaban, pero algo faltaba. La cerró.

Entre el comienzo de todo y el lanzamiento de Cayucas pasaron siete años. Es el dato que Maritza pone sobre la mesa cada vez que alguien confunde su historia con un éxito repentino. “Hay gente que uno ve en línea y dice ay, luego luego el éxito, y dices qué bueno, pero, ¿cómo le hizo? Y no. Esto ya es práctica y lo que he aprendido de tanto tiempo”.

Cuando por fin reinició, lo hizo con dinero de una salida: seis años en una empresa de telefonía, una startup que terminó vendiéndose, y su parte de esa venta convertida en capital semilla. El nuevo nombre le costó meses. Su primera opción, Vayas (a donde vayas), ya estaba registrada, y quería uno que sonara a marca, que significara algo y que se pudiera decir en cualquier idioma. Tuvo post-its por todo el cuarto hasta que apareció Cayucas.

Cómo se diseña

Aquí hay una distinción que Maritza corrige apenas puede, y que sostiene toda la marca. La lectura fácil es que Cayucas moderniza el huarache. Ella dice que no.

Hay gente que se molesta con eso. Yo estoy tomando lo tradicional y diciendo que lo puedes usar. Sí, cambiándole la forma, no ‘elevándolo’, pero agregando elementos para que uno lo incluya en su día a día”.

El proceso no se toca. El tejido es el mismo, el ensamble es el mismo, las manos son las mismas. Lo que cambia es el vocabulario de alrededor.

Para entender cómo se diseña dentro de esa regla hay que saber cómo se compra. Los talleres de Sahuayo trabajan con catálogo, el artesano ofrece los modelos que domina y el cliente escoge de ahí. Es un sistema que protege el oficio y que limita cuánto puede desviarse cualquiera. Maritza empezó dentro de esas reglas y luego se puso a intervenirlas, modelo por modelo, con su amiga Jenny, en un fin de semana en la Ciudad de México en el que la primera colección todavía “no parecían primos”.

Intervenir sin romper

La primera decisión no fue un modelo sino un común denominador, la suela negra en casi toda la línea. Al principio sonó a herejía, “Isabel me dijo: ¿todas? ¿Cómo que negras, Mari? Es que el negro no se ve”, y hoy es la firma de la marca. Aterriza el zapato, le da un piso parejo y deja que el tejido y el color se lleven la mirada. Es lo que hace que un huarache, un objeto que uno asocia con lo veraniego, de pronto se vea terminado, como para llevarlo a la oficina.

Sobre esa base, la colección se abre en abanico, de la sandalia al mocasín, con nombres de mujer y de hombre, y cada modelo apunta a un momento distinto del día. Alma, el modelo más vendido de la marca, es una sandalia verde tejida en tiras sobre la suela negra, el modelo que mejor traduce la idea de un huarache hecho en Sahuayo y pensado para todas partes. Lucía es la sandalia de diario, de trenzas finas en tonos crema, pensada para no quitártela en todo el verano. Para el fin de semana está Inés, un mule plano de tejido en verde y crema. Y el Cruz, un mule negro total para hombre, es el básico que se pone sin pensar.

Los tacones son donde el oficio se pone a prueba. Marisol, “the city mule”, lleva un tejido de tablero en blanco y negro sobre un tacón de bloque, una combinación de damero y altura que no es común de ver en un huarache. Isela, pensada para tardes de galería, lleva ese mismo tacón bajo un tejido negro calado, más vestidor. Levantar un huarache tejido a un tacón sin que pierda estructura es, técnicamente, de lo más difícil de la línea.

Y para ellos, la marca reinterpreta el mocasín clásico. El Noa, “the timeless original”, en piel tostada con el tejido tradicional a la vista; el Tomás, café con agujeta, para el camino largo a casa; y el Elena, un mocasín negro de ciudad. Son el ancla tradicional de la colección, el punto de partida sobre el que todo lo demás juega.

El color no es accesorio. Maritza estudió la paleta por temporada, y de ahí salió el verde que terminó agotándose primero, un tono que no es el amarillo del huarache de siempre ni pretende serlo, sino que conversa con lo que la gente ya trae puesto.

La piel llegó por consejo del taller, y aquí Maritza cede el criterio a quien sabe. Cuando propuso su paleta, le respondieron con una preferencia técnica, que prefieren la piel curtida al vegetal antes que la pintada, por cómo envejece. La curtida al vegetal se ablanda con el uso y se va marcando con el tiempo, de manera que cada par termina contando la vida de quien lo trae, lo contrario del zapato desechable de temporada. Algunos tonos, como el beige, sí van pintados a mano. “Quiero recalcar la experiencia de Calzado Trova. Ellos son los que escogen la piel”, nos comenta.

El modelo más bonito, sin embargo, salió de un no. Para los tejidos complicados hay que ir con la maestra tejedora. Dulce vive en Jiquilpan, muy cerca de Sahuayo, y es originaria de Santa Bárbara, Jalisco, de donde proviene la mayoría de las personas que tejen la colección. Maritza llegó a su casa con la imagen de un cruzado que había visto en otro tipo de calzado. Dulce lo intentó y le dijo que no se podía, que al tejerlo la pieza no cerraba completa. Se quedaron un rato moviéndolo, a ver qué quedaba. Y lo que quedó, un cruzado que ninguna de las dos había planeado, hoy es parte de la colección.

Salió como un error. Sabíamos que lo era. Y al final dijimos: este es”.

Es, de hecho, la mejor definición de lo que la marca dice de sí misma. En su propia comunicación, Cayucas lo pone en tres líneas. No reemplazar la tradición. No reinventarla. Celebrarla.

Crecer juntos

Cayucas produce con Calzado Trova, sus principales socios artesanos, con más de diez años haciendo huaraches en Sahuayo. Maritza los nombra cada vez que puede, y la mecánica de precios la cuenta sin rodeos. Se empieza por muestra, el taller pone su precio, ella lo paga; luego el taller da precio por volumen, y también lo paga. “Yo nunca les he dicho hay que regatear o cóbrenme menos”.

Lo notable es lo que viene después, porque en vez de presumir influencia, admite que no la tiene. Le preocupan los talleres que no ofrecen prestaciones, pero con 150 pares en su primera orden, la colección entera, sabe que no está en posición de exigirle nada a nadie. “Yo soy una clienta tan pequeña que no tengo el derecho de irles a decir vayan y aseguren a todos”. Su plan es al revés del discurso habitual, crecer lo suficiente para volverse un cliente que pese, y desde ahí empujar. Mientras tanto, hace lo que sí puede, pagar lo que le piden y poner el nombre del taller en todos lados.

Y hay un primer brote de la carrera que soñaba en aquellas entrevistas. Cuando le preguntó a Dulce qué le gustaría hacer, la respuesta fue que le pagaran por diseñar. “Qué genial poder decir ‘Dulce, ya no eres solo tejedora, también eres diseñadora’”.

Su consejo para cualquier marca que quiera trabajar con artesanos cabe en una línea, y es la misma lógica de todo lo anterior.

Tienes que tomarte el tiempo de conocerlos. No como trabajadores, sino como personas”.

Dar la cara

Cayucas se financió en Kickstarter, con 128 personas y 17,865 dólares sobre una meta de 15,000. Pero el dinero, dice, era la mitad del punto. “Lo busqué como validación. Si no hay comunidad que crea en Cayucas, no voy a existir”.

Lo difícil fue lo otro, ponerse ella al frente. Maritza describe a la marca casi como un personaje, “es mi alter ego, es una girl”, y le costó pasar de detrás de esa figura a la primera línea. “¿Cómo me voy a subir yo, si no soy como las chavas, no soy influencer? Soy yo”. Temía parecer que rogaba.

Contar la historia y ser vulnerable, decir qué quiero hacer con este proyecto. Fue lo más difícil”.

El mes de la campaña coincidió con todo lo demás. Había dejado su trabajo, se había salido del departamento que compartía, vivía en casa de su novio. “Estaba homeless”, dice, y ríe. Faltando unos mil quinientos dólares para la meta, mandó un correo a su lista y le llegó una donación de mil dólares de un hombre con el que había trabajado años atrás y con quien no hablaba desde entonces. “Ni un huarache le mandé, porque no los tenía. Dije: la gente en realidad cree en mí”.

Hasta su papá cedió. De niño le hicieron burla en la escuela por usar huaraches, y le había dicho a su hija que no quería volver a verlos. Después del lanzamiento le dijo otra cosa. “Sí le estás echando ganas. Sí te he visto”.

La gente lleva Sahuayo

La primera colección se agotó en minutos. Detrás hubo un caos de bodegas y sobreventa, pero el saldo es claro. Sumando la campaña de fondeo, cerca de doscientas personas tienen ya un par de Cayucas, y la reorden está pedida. Lo que sigue no son modelos nuevos sino colores, un vino tinto, un café, tonos de otoño. Maritza prefiere sostener los estilos doce meses o más antes de moverlos. Pero la parte que más la mueve no es la logística. Es lo que pasa cuando alguien abre la caja, y ahí vuelve el hilo del principio, ahora dicho de frente.

Quiero que los abran y digan: voy a llevar mi cultura puesta todos los días. Pensar que estás llevando tu cultura a momentos tan modernos, al café. Qué bonito, la mezcla de los dos”.

Es la misma idea de aquella oficina de Los Ángeles, cerrada en círculo, el gesto de cargar el lugar de donde vienes a todos los lugares a los que vas. Solo que ahora no es una costumbre privada, sino algo que le empaqueta a doscientas personas más. Cuando ve a una desconocida en TikTok probándose sus huaraches frente al espejo, lo que reconoce es eso. “Wow, la gente lleva Sahuayo”.

La ambición de fondo es que Cayucas sea la marca mexicana de huaraches, la respuesta obligada cuando alguien pregunte por una. Lo cual vuelve más honesta la frase con la que cierra, viniendo de quien acaba de vender todo su inventario. “Yo siempre digo: vayan y compren en los mercados. Me gustaría que la gente conozca que Cayucas existe, pero que también vayan al puestito. Yo los voy a seguir comprando”. Tiene sentido, si uno lo piensa. Una marca que nació de no querer soltar el origen difícilmente iba a pedirte que soltaras el tuyo.

Cayucas se hace a mano en colaboración con Calzado Trova, sus principales socios artesanos en Sahuayo, Michoacán, y las tejedoras originarias de Santa Bárbara, Jalisco, encabezadas por la maestra tejedora Dulce.

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