Sobre la extraña libertad de la invisibilidad y el poder de reclamar nuestra relevancia en la cima de la vida.
Texto: Inés Bonilla

No fue un comentario, ni un gesto grosero. Fue algo más sutil: una coreografía de miradas. En una reunión de trabajo, mientras yo hablaba y decidía, los proveedores dirigían la atención hacia mi asistente de 24 años. No por descortesía, sino por costumbre cultural. Ahí entendí algo incómodo: no había dejado de estar presente, pero había dejado de ser el punto focal.
A esta edad —los 38, los 39, los 40— ocurre un fenómeno silencioso. No desaparecemos: nos desenfocan. Un estudio de la red City Lit reveló que dos tercios de las mujeres mayores de 37 sienten que comienzan a volverse “invisibles”. La cortesía social se diluye, y nuestras opiniones empiezan a escucharse bajo el filtro de “la experiencia”, una palabra que, según el contexto, puede rozar peligrosamente la idea de obsolescencia. Mientras tanto, la juventud continúa siendo la moneda oficial para la novedad, el deseo y la validación pública.



La industria de la belleza, valuada en más de 500 mil millones de dólares, se sostiene precisamente sobre ese temor: la posibilidad de que el mundo deje de mirarnos. Nos vende la promesa de “detener el tiempo”, como si envejecer fuera una falla técnica que se corrige con sueros, cremas y discreción. Pero tal vez el error no esté en el paso del tiempo, sino en la interpretación que hacemos de él.
Porque la invisibilidad también tiene una lectura distinta: es un cambio de escenario. Dejar de intentar gustar para comenzar a exigir respeto. La psicóloga junguiana Jean Shinoda Bolen lo describe como la etapa de la Mujer Sabia, ese momento en que la energía ya no se invierte en agradar la mirada ajena, sino en fortalecer la propia voz. Pasamos de ser observadas a ser escuchadas.
Y, sin embargo, el mundo tarda en ajustarse a esta nueva frecuencia. Harvard Business Review ha señalado que las mujeres en sus 40 suelen mostrar mayores niveles de colaboración, resiliencia e inteligencia emocional que sus contrapartes más jóvenes. Pero la percepción social sigue atada a la estética como medida de valor.



La escritora Colette llamó a este periodo la “segunda pubertad”: un reajuste profundo entre cuerpo, rol y presencia. Es el punto exacto donde decidimos si nos replegamos hacia el fondo del escenario o si avanzamos hacia el centro con una voz más firme, aunque menos celebrada por el reflector.
Ser relevante ya no significa competir con la frescura de los 20. Esa batalla pertenece a la biología y está perdida de antemano. La relevancia, en esta etapa, nace de algo distinto: la autoridad de quien ya no pide permiso para ocupar espacio.
Si alguna vez te has sentido transparente en una junta, en una comida o caminando por la calle, piensa en esto: el mismo cristal que parece borrarte del paisaje es el que ahora te permite observarlo todo con nitidez. Ya no necesitamos que nos miren para saber que existimos. La mirada que importa dejó de ser externa. Ahora es interna. Y esa no se desvanece.
La escritora Colette llamó a este periodo la “segunda pubertad”: un reajuste profundo entre cuerpo, rol y presencia






