Rossana Nájera: aprender a elegir la paz

Rossana Nájera habla de los límites, la maternidad no vivida, el peso de las expectativas y el momento personal en el que entendió que dejar de agradar también puede ser una forma de libertad.

Fotografía: Jorge Ramiréz-Posada
Stylist: Santiago Araico
Asistente de Stylist: Nely López
Maquillaje y Cabello: Pedro Aguirre
RP: PuRe & B
Coordinación editorial: Aarón Zavaleta
Diseño editorial y producción: Juan Pablo Garcia

La paz como límite

Durante la vida, hay etapas en donde el éxito deja de medirse en aplausos, contratos o exposición. Rossana Nájera parece estar parada exactamente en ese lugar. Uno donde la conversación ya no gira alrededor de demostrar, sino de conservar algo mucho más difícil: la paz. La palabra aparece una y otra vez cuando habla de trabajo, relaciones, decisiones personales o del futuro. No como una frase decorativa de autoayuda, sino como una especie de límite íntimo que aprendió a defender tarde, pero con absoluta claridad.

“Mi paz ya no se negocia”, dice. Y detrás de esa frase hay varios años de desgaste, decepciones y aprendizaje acumulado. La actriz reconoce que durante mucho tiempo le costó poner límites. Decir que no. Frenar situaciones donde sentía que los demás comenzaban a invadir demasiado terreno emocional. “Tenía que aprender a decir ‘hasta aquí y de aquí no pasas’, porque si pasas de aquí empiezas a pisarme”. Lo cuenta sin dramatizarse, aunque se percibe el peso de haber llegado a esa conclusión después de varias heridas.

Rossana habla mucho desde un lugar emocionalmente expuesto. No intenta construir una imagen perfecta de sí misma. De hecho, parece interesarle exactamente lo contrario: aceptar las partes incómodas. Su paso reciente por MasterChef Celebrity México terminó revelándole una faceta que, según ella, mucha gente no conocía. La vulnerabilidad. El enojo. La frustración. Verse bajo presión dentro de un reality la obligó a enfrentarse con emociones que normalmente mantenía resguardadas. “Soy súper sensible”, admite. Y aunque hoy las redes sociales permiten una cercanía mucho mayor entre figuras públicas y audiencia, siente que todavía existe una parte de ella que guarda muy para sí misma.

Duelo y equilibrio

Quizá uno de los temas más delicados de la conversación aparece cuando habla sobre la maternidad. No desde la postura de quien ya cerró una herida, sino desde alguien que todavía convive con ella. Rossana reconoce que sigue siendo un proceso en construcción. Un duelo que aparece en momentos inesperados. “Hay momentos en donde veo mujeres embarazadas… que me rompen el corazón porque todavía quisiera estar ahí”. La frase llega sin artificios. Seca. Directa. Pero también explica que, en medio de ese dolor, aprendió a buscar la parte luminosa de lo que no ocurrió. No como resignación forzada, sino como una manera de sobrevivir emocionalmente a las expectativas incumplidas.

Esa conversación inevitablemente la lleva a otro tema: la presión social sobre las mujeres que no encajan en ciertos modelos tradicionales de vida. Rossana habla desde un lugar profundamente consciente de cómo todavía existe una mirada de compasión hacia quienes no tienen pareja, hijos o una “familia propia”. Aunque reconoce que las cosas han cambiado, siente que persiste cierta idea de fracaso alrededor de las mujeres solteras después de cierta edad. “A veces me voltean a ver con cara de ‘ay pobrecita’”, comenta. La frase tiene algo incómodo precisamente porque resulta reconocible.

Sin embargo, lejos de instalarse en el resentimiento, parece haber encontrado otro tipo de equilibrio. Uno que no depende exclusivamente del trabajo. Durante años, explica, tuvo que separar su valor personal del éxito profesional. “No podía poner todo mi valor en el ser actriz”. La frase importa porque viene de alguien cuya vida pública ha estado ligada justamente a la actuación durante décadas. Entender que el reconocimiento no define quién es terminó convirtiéndose en uno de los aprendizajes más importantes de sus procesos terapéuticos.

Aun así, el deseo de seguir creciendo permanece intacto. Rossana no quiere detenerse. Lo que le da miedo no es el fracaso, sino repetirse. Permanecer demasiado tiempo en una zona cómoda. Por eso los personajes emocionalmente complejos siguen siendo lo que más le atrae. Habla de ellos con entusiasmo genuino. Le interesa aquello que la incomoda, lo que la obliga a moverse emocionalmente.

Liberación del personaje

Ese fue precisamente el caso de “Leah”, el personaje de la telenovela Hermanas que describe como uno de los más importantes de su carrera reciente. Leah es manipuladora, caprichosa, cruel por momentos. Una mujer que toma decisiones moralmente cuestionables y que, sin embargo, Rossana decidió abrazar sin miedo a resultar desagradable para el público. “Es increíble no tener que agradar”, dice. Hay algo liberador en esa conclusión. Durante años, especialmente para muchas actrices, parecer simpática o aceptable formaba parte del trabajo invisible. Leah rompió con eso.

Rossana incluso disfruta la reacción de la gente en la calle cuando le dicen que odian al personaje. Porque entiende que ahí ocurrió algo correcto: el juego actoral funcionó. Y cuando habla de Leah, evita juzgarla completamente. Prefiere pensarla como una mujer profundamente inconsciente, marcada por heridas emocionales mal resueltas y por una necesidad constante de atención.

Más allá de la actuación, también hay otros sueños orbitando su vida. Quiere volver al teatro, un espacio que extraña profundamente por la conexión directa con el público. Quiere hacer cine. Quiere publicar un recetario de cocina veracruzana para compartir algo de su tierra con el mundo. Y quiere, eventualmente, crear un refugio para perros callejeros. Son proyectos distintos entre sí, pero todos parecen conectarse desde el cuidado: cuidar la memoria, cuidar las raíces, cuidar a otros seres vivos.

Mientras tanto, vive un cierre emocional importante con Hermanas. Rossana habla del proyecto con un afecto evidente, casi íntimo. “Leah llegó a marcarme profesional, pero también personalmente”. Y quizá ahí está el centro de todo: entender que algunos personajes no solo sirven para contar historias, sino también para descubrir partes de uno mismo que llevaban demasiado tiempo esperando salir.

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