Entre sus primeros trabajos, la experiencia de vivir sola en Canarias y su participación en El otro padre, Romina Poza construye una carrera propia, aprende a convivir con el error y empieza a elegir personajes que le permitan ir más lejos.
Fotógrafo: Alex Cordova
Stylist: Manuel Delgado
Muah (ella): Carlos Morales
Muah (él): Roberto Sierra
Rp (ella): Karla Ricalde para Talent on the Road
RP (él): Make It Prensa
Dirección de arte: Juan Pablo García
Entrevista: Aarón Zavaleta

Mis memorias
La decisión ocurrió en una conversación con su madre. Romina Poza llevaba tiempo sabiendo que quería actuar, pero el deseo convivía con la duda de si realmente sería suficientemente buena. Fue entonces cuando su mamá le dijo: “no dejes que el miedo te limite a alcanzar tu sueño”. Aquellas palabras terminaron por empujarla a hacer algo que había postergado.
“Que ella tuviera todo ahora claro y pudiera expresármelo así fue que me atreví a intentarlo. Con todo y miedo, pero lo intenté y lo estoy logrando. Ahora no me veo de otra forma. Amo con todo lo que soy ser actriz”, cuenta.
El miedo no desapareció; simplemente dejó de ser una razón para detenerse. Su madre, dice, le dio esa “patadita de audacia” que a ella no le dieron y le dejó una idea que todavía conserva: “el miedo jamás debe ser una limitante; al contrario, si te da miedo, hazlo con más ganas”.
Crecer dentro de una familia de actores reconocidos pudo haber convertido la profesión en una comparación permanente. Para Romina ocurrió lo contrario. Los apellidos que la acompañan desde niña no representan una carga ni una competencia que deba superar. Los entiende como parte de una herencia que le permitió acercarse a una profesión que hoy siente completamente propia.
Mi familia nunca fue ni será un peso para mí y mucho menos competencia, al contrario, es un privilegio absoluto”, afirma.



Retos en mi vida
La distancia entre saber que quería ser actriz y convertirse realmente en una se hizo evidente con Isla Brava. La serie la llevó durante tres meses a Canarias, lejos de su entorno habitual, y la enfrentó por primera vez a una vida independiente y a las responsabilidades de un trabajo que hasta entonces había imaginado desde fuera.
“Fue una de las mejores experiencias que he tenido en mi vida. Todo fue mágico para mí. Ahí conocí a mis primeros amigos actores, viví sola por primera vez como adulta, sin límites y con completa responsabilidad de mis actos”, recuerda. También descubrió que su sueño podía regalarle experiencias que no había previsto: “jamás me hubiera imaginado que mi sueño, al que tengo la fortuna de llamar trabajo, me iba a regalar también conocer el mundo de esa forma”.
Después llegaron Vencer la culpa y Tu vida es mi vida, proyectos que le dieron disciplina y oficio. La televisión, explica, no permite detenerse demasiado: “no espera y entonces te toca aprender a resolver y hacerlo con absoluta verdad”. Sus personajes, a los que define como “niñas aspiracionales, que tienen puras cosas bonitas que dejar en los demás”, terminaron siendo parte importante de ese aprendizaje.
Hay otra transformación que le resulta especialmente reveladora. Cuando comienza una escena aparece una Romina que no siempre reconoce fuera del set. “En el momento que gritan acción se me olvida todo y hago lo que tengo que hacer con verdad absoluta y sin juzgarme”, dice. Es, según ella, “la que ya no le da pena nada”. La experiencia le parece “muy loca y muy mágica”.
Esa capacidad de no juzgarse también ha cambiado su relación con el error. Al comienzo de una carrera, equivocarse puede sentirse como algo que no está permitido. Romina ahora entiende que forma parte del oficio: “creo que es imposible lograr ser mejor sin antes equivocarte y conocer lo que no quieres o necesitas para llegar a lo que sí”.



Enfrentando los retos
Para ella, aprender a equivocarse es también una forma de preparación. “Hay espacios diseñados para equivocarse y aprender”, sostiene, y compara el entrenamiento de un actor con un estuche de herramientas que debe crecer con cada proyecto para que, cuando llegue una historia importante, pueda responder con mayor complejidad.
Esa misma búsqueda aparece cuando habla de los personajes que quiere interpretar. No tiene una fórmula precisa para elegirlos. Prefiere que exista una conexión inmediata con la historia, como cuando un libro consigue atraparla. “No hay cosas específicas, pero por ahí dicen que el personaje te elige, no tú al personaje, y me gusta verlo así”, explica.
En El otro padre, esa intuición la llevó hacia María, un personaje completamente opuesto a ella. El reto consistió en no intentar acercarla a su propia personalidad, sino aceptar quién era dentro de la historia. “Entendí que tenía que ceder a cómo estaba escrita. Era perfecta; solo me tocaba hacerla con verdad y sin juzgarla”. La experiencia, además, le permitió jugar en un terreno desconocido: “podía jugar a ser alguien que jamás había sido y me encanta”.
María comparte una relación importante con Bernardo, interpretado por Emilio Osorio. Para construirla, Romina no buscó inventar algo que no estuviera en el guion, sino profundizar lo que ya existía. “No fue tanto descubrir algo nuevo que no estaba escrito, sino sobre el mismo guion poder profundizar lo que ya estaba escrito y complejizar su relación”, explica. El proyecto también significó reencontrarse con Emilio después de varios años y descubrir en él “un gran actor y un gran compañero”.
La historia de El otro padre toca además una idea que Romina considera fundamental: la familia no se define únicamente por la sangre. “Solo la sangre no basta para sellar un lazo”, sostiene. Para ella, cuidar los vínculos es lo que termina construyendo una relación verdadera. Por eso existen “amigos que se vuelven familia y familia de sangre que se convierten en desconocidos”. Pero también reconoce el otro lado de esa posibilidad: “si logras tener a tu sangre con vínculos fuertes y sanos es de las cosas más bonitas que la vida puede dar”.
Fuera de la actuación existen otras inquietudes que todavía esperan su momento. Dibuja, pinta, ha pensado en cantar y confiesa entre risas que le gusta intervenir ropa. Son pequeñas pistas de una personalidad creativa que no parece tener prisa por definirse en una sola disciplina.
La actriz que alguna vez necesitó que alguien le dijera que no dejara que el miedo limitara su sueño ahora trabaja precisamente con aquello que antes podía detenerla. El miedo sigue ahí. También los errores y los personajes que todavía no conoce. La diferencia es que ahora tiene más herramientas para enfrentarlos.
Y cuando escucha “acción”, todo parece acomodarse.



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