Lejos de perseguir la fama inmediata, Tristán Maze prefiere construir una carrera desde el aprendizaje, la disciplina y personajes que lo obliguen a descubrir algo nuevo de sí mismo.
Fotógrafo: Joch Lucio
Estilismo: Manuel Delgado & Luzma Carrera
Make up & Hair: Kariana Martínez
Agencia: Marka Talent
Producción: Juan Pablo García
Entrevista: Aarón Zavaleta

El llamado está por comenzar
Tristán Maze espera unos segundos antes de entrar al foro de Proyecto Final. La escena exige que su personaje llegue al límite del enojo y, mientras repasa el momento, descubre que está tensando los brazos y cerrando los puños sin darse cuenta. Un actor del elenco lo observa y le hace una recomendación sencilla: deja de hacer fuerza, respira y entra. La sigue al pie de la letra. El resultado cambia por completo la escena. “Fue una herramienta que no esperaba recibir. La probé y me ayudó muchísimo. Es algo que voy a seguir usando durante mucho tiempo”. No recuerda aquel instante como una corrección. Lo guarda como una de esas enseñanzas que solo aparecen cuando alguien con más camino decide compartir lo que sabe.
La imagen explica buena parte de la forma en que entiende su profesión. Hace poco dejó las aulas del Centro de Educación Artística, pero habla del aprendizaje en tiempo presente. El primer proyecto llegó mientras cursaba el último semestre; el segundo apareció casi de inmediato. El ritmo pudo haber sido vertiginoso. Él prefiere verlo con calma. “Nunca se deja de ser estudiante. Siempre hay algo más que aprender y eso es lo que trato de hacer todo el tiempo”. Se reconoce como un actor profesional, aunque la palabra no parece cambiar demasiado las cosas. Sigue observando a sus compañeros, preguntando, tomando notas mentales. La curiosidad pesa más que cualquier reconocimiento.
Antes de dedicarse por completo a la actuación pasó por el teatro musical, la danza y la música. Ese recorrido sigue apareciendo cada vez que construye un personaje. Mientras otros comienzan por el texto, él suele hacerlo desde el cuerpo. Habla de ritmo, presencia, escucha y movimiento con la naturalidad de quien aprendió primero a contar una historia sin pronunciar una palabra. “El baile me ayudó muchísimo a entender la corporalidad, la energía y a fluir. Todo eso termina estando frente a la cámara”. Para él, una escena empieza mucho antes de que alguien diga acción.



Descubriéndome
Esa búsqueda encontró un nuevo reto con el personaje que interpreta en Proyecto Final. Tristán recuerda haber sido un niño tranquilo, poco dado al conflicto. El joven al que debía dar vida cargaba impulsos completamente distintos. La tarea no consistía en imitarlos, sino en descubrir de dónde podían surgir. “Tuve que entender qué fue lo que le pasó para llegar a ese punto”. El proceso terminó llevándolo a lugares inesperados. “Me sorprendió descubrir cosas de mí que no conocía y que gracias a este personaje pude encontrar”. Habla de emociones, no de técnica. De rincones personales que permanecían ocultos hasta que un personaje obligó a abrir la puerta.
La exigencia aparece inmediatamente después. Ver sus propios trabajos nunca ha sido un ejercicio cómodo, pero insiste en hacerlo porque ahí encuentra aquello que todavía puede mejorar. Repite escenas, detecta errores, imagina otras posibilidades. Con el tiempo entendió que esa disciplina también tiene un límite. “Luego estoy pensando tanto en hacerlo bien que dejo de estar presente en la escena”. Aprender a soltar el control se convirtió en otra lección del oficio. “Es bueno ser crítico, pero también hay que dejar fluir las cosas porque no puedes controlar todo el tiempo lo que pasa”.



Sin prisa…
Mientras buena parte de su generación mide el éxito por la velocidad con la que crecen los seguidores, Tristán habla de otra clase de recompensa. Las redes sociales ocupan un lugar secundario en su vida y no siente prisa por convertirlas en el centro de su carrera. “No aspiro a ser súper famoso ni a tener millones de seguidores. Preferiría hacer una obra de teatro, una serie o una película con un personaje que realmente represente un reto”. No rechaza la popularidad; simplemente no quiere que sea el motivo para aceptar un proyecto.
Esa distancia también explica por qué todavía le resulta extraño cuando alguien lo detiene en la calle para pedirle una fotografía. Sonríe al recordarlo. “Todavía se me hace raro”. No hay pose de estrella ni discurso aprendido. Cuando busca el origen de esa tranquilidad siempre termina hablando de su familia. “Ellos son quienes me ayudan a mantener los pies en la tierra, a seguir siendo humilde y no perder esas cualidades cuando la gente empieza a voltear a verte”. El éxito, parece decir, necesita un lugar al que regresar cuando termina el aplauso.
Habla de Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Quentin Tarantino, Christopher Nolan, Gael García Bernal y Diego Luna con la admiración de quien todavía encuentra referentes antes que ídolos inalcanzables. Le gustaría trabajar con ellos algún día, aunque la conversación nunca se instala en los sueños imposibles. Vuelve una y otra vez al presente, a la siguiente escena, al siguiente personaje.
Quizá por eso recuerda Proyecto Final menos por lo que representa para su carrera que por las personas que conoció durante el rodaje. “Crecí muchísimo, aprendí demasiado e hice una familia muy bonita con el elenco. La química que hay entre nosotros la van a notar”. No habla del proyecto como una meta cumplida. Habla como alguien que acaba de abrir una puerta y todavía mira hacia adentro con la misma disposición con la que escuchó aquel consejo antes de entrar a escena: respirar, aprender y volver a empezar.



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